Releyendo a Kafka

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sábado, marzo 11, 2017
Uno de los primeros libros de ficción que me interesó para leer por gusto fue una obra de Franz Kafka, La (muy conocida) metamorfosis, y recuerdo esas primeras oraciones partir como un rayo mi campo de atención. No las voy a repetir -- ya lo he hecho otras veces -- pero al recordar esa escritura pienso que parte de su atractivo es capturar riqueza de significado en pocas palabras.

Hablo de ese placer estético que uno siente al leer oraciones bien puestas.

He leído y releído a este autor más de una vez. Me sucede con uno que otro (García Márquez, Rulfo, Shakespeare, Whitman, Dickinson, Neruda, y por lo menos varios más), que encuentro el libro por ahí, me pongo a mirar unas líneas y termino tirado en el sofá patas arribas, redescubriendo esa primera lectura.

Hace poco me pasó con Kafka. Volví a La metamorfosis y quise más. Me fui a la biblioteca y encontré una traducción al inglés de El proceso que buscaba preservar su voz, mantener lealtad al texto original en alemán y publicarlo así como lo dejó, partes sin revisar y terminar del todo, con sus fragmentos y oraciones demasiado largas y densas. Entonces, descubrí a otro Kafka en ese ir y venir de algunas ideas que no se concretaron del todo. A la par me puse a leer una biografía del autor (Kafka: A Biography, de Nicholas Murray) que analizaba al escritor en su ámbito y no solamente por sus textos y cartas -- y aunque luego encontré que algunos lectores no aprecian mucho esta biografía, tal vez porque no coincide con el mito, me pareció un acercamiento a la humanidad del autor fuera del renombre que adquirió después de su paso por la vida.

Me llevé ese volumen biográfico de viaje hace unos meses y ahí andaba por los aeropuertos con un librazo rojo y en la portada el ojo gatuno de Kafka. Me imagino que parecía un profesor de literatura preparando algún temario para su clase, porque a quién se le ocurre acompañarse en un viaje con tal pasajero. Kafka, o la imagen que yo tenía de él, debía ser este tipo flaco, enfermizo, solitario, taciturno, desentendido de la sociedad en que vivía -- un fracasado según su propio juicio, y algo importante para su narrativa, un perdedor en el juicio de su padre, ese hombre práctico con quien contrastaba en personalidad e intereses. No fue de la nada que el alter ego de Kafka se levantó una mañana transfigurado en un insecto.

En uno de esos vuelos se me sentó al lado una señora diez o quince años mayor que yo que empezó a contarme lo mucho que detestó leer La metamorfosis en la escuela secundaria. Por lo que decía, pero también por los gestos involuntarios de su rostro, dejaba entendido que le daba asco esa visión de un hombre-insecto sin propósitos. No le pregunté por qué ni tenía que preguntarle, porque entiendo el rechazo a cualquier forma de nihilismo como cuestión práctica y mecanismo de defensa -- ¿Cómo se puede vivir en el mundo si le quitamos todo significado a las rutinas que lo sostienen?

Pensé también que Kafka, las ideas contenidas en su obra, son antitéticas al mito estadounidense, esa idea del hombre -- porque no nos equivoquemos, aún en la voz de una escritora como Ayn Rand, el protagonista de estos mitos ha sido un hombre -- que forja su propio destino a fuerza de voluntad y convicción. Si fuera por Kafka, el sueño americano pronto se tornaría en una pesadilla. De hecho, eso es lo que escribe, pesadillas.

Esta señora y yo hablamos por las más de tres horas que duró el vuelo, porque, armado con los datos de mi nueva lectura, le podía contrarrestar con esta información las ideas que tenemos sobre Kafka. El tipo llevó una vida relativamente aburrida en el ámbito de la clase media de Praga, mirando desde su ventana hacia una calle con su plaza, sus tiendas, el tránsito diario de gente ocupada en los menesteres más comunes. Era un niño de papá y mamá que ni siquiera se había mudado a vivir por sí mismo. Tenía sus estudios y su trabajo, y sus novias, comprometidas a las que mantenía esperando en promesa de matrimonio, y se entretenía con sirvientas y prostitutas. Iba a sus viajes de negocio y hasta consideró dedicarse a los negocios.

Si viviera en nuestros días, probablemente sería un funcionario eficiente en alguna corporación que cumpliría bien sus menesteres de nueve a cinco. Sí, murió joven y enfermo, pero esto no era algo extraño para un tiempo en que no existía buen tratamiento médico para enfermedades infecciosas como la tuberculosis.

La visión que se manifiesta en su escritura tomó forma cuando él se entregaba a la ansiedad del sinsentido, probablemente en solitarias horas de la noche, encerrado en su cuarto.

Este es un Kafka contradictorio que podemos entender mejor.

Es un Kafka más acorde con la realidad -- aún en estas sociedades donde todos nos afanamos en perseguir metas y tener capital, subsiste esa corriente de incongruencias que el escritor manifiesta en sus visiones, un orden que en algún punto pierde todo sentido y existe simplemente porque sí. El sujeto privado y el artista encarnan esas contradicciones.

Otro descubrimiento de leer a Kafka sin acabar es ver su proceso como escritor. La novela empieza con esas oraciones cortantes y limpias que conocemos de él en su escrito más famoso (y esas son, probablemente, las partes que él alcanzó a revisar una y otra vez, porque nadie escribe así de limpio de manera espontánea), pero él luego se va perdiendo en unos párrafos largos y enredados, deja algunas imágenes que parecen estar de sobra y presenta a personajes que no pintan nada y desaparecen sin mucha fanfarria.

Podría decirse que su literatura es surrealista y por eso a veces carece de sentido, pero ese surrealismo sin revisar es prácticamente lo que vivimos y escribimos todos.

Sobre el autor

Víctor Manuel Ramos es un periodista y escritor bilingüe radicado en Nueva York. Se ha desempeñado como redactor para varios medios de publicación diaria en Estados Unidos. Es autor de cuento y novela y ha publicado los libros Morirsoñando: Cuentos agridulces y La vida pasajera.

5 comentarios:

  1. Yo fui hasta Praga mayormente para visitar la tumba de Kafka y sentí su marca allí pero no lo puedo explicar muy bien, como si la tumba fuera una protesta contra el tiempo.

    YR

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    1. Hola YR. Varios de mis amigos han ido a Praga y han visitado. Pienso en eso que dices y se me ocurre que tal vez todas las tumbas son ese tipo de protesta.

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  2. ¿Me crees si te dijo que no he leído a Kafka? No lo he leído, aún.

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    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    2. Se me olvidó que ese último mensaje no era privado. Te escribo aparte. Te creo que no lo hayas leído, pero te voy a recomendar por lo menos La metamorfosis. Es una voz que debes conocer.

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