Sánchez Féliz: "lo realmente importante ... es explorar la esencia humana"

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viernes, marzo 22, 2013
Al acercarme a Beatriz, el libro más reciente del narrador dominicano Rubén Sánchez Féliz, yo sospechaba que me adentraba en una novela romántica, al estilo de la María de Jorge Isaacs con su obsesión amorosa y descripciones idílicas. Bastó con leer las primeras páginas para saber que me equivocaba si me dejaba guiar únicamente por su título.

Sánchez Féliz nos lanza en medio de una escena confusa en la que tres hombres huyen -- de quiénes o de qué no se sabe todavía -- e irrumpen en una casa buscando refugio hasta que pase "el peligro". El niño que nos cuenta los sucesos solamente llega a adelantarnos "que en mi casa han colocado una bomba de tiempo".

Hay que seguir leyendo para conocer en su voz las calles acaloradas de su barrio y recibir poco a poco los detalles necesarios para armar el resto de la historia. El relato se centra en gente humilde que malvive bajo el supuesto orden de un gobierno dominicano que no admite retos. Nos vamos enterando, entre lo que dicen o callan los personajes, que jugar a la política en ese ambiente es entrar en un callejón sin salidas y que, como dice el papá del narrador, en esas circunstancias "la vida de un hombre no vale una mota".

La Beatriz que da nombre al libro, aunque apenas participa de la historia, está al centro de la resistencia política y casi llega a representar a otras mujeres que no vemos ni oímos porque ocupan esos silencios con los que juega el autor. Beatriz son todas las mujeres que han perdido a sus esposos, las que viven tras puertas cerradas, las que podrán perderse ellas mismas y sacrificar a sus hijos en la lucha por dignidad.

Sánchez Féliz ganó en 2010 el Premio de Novela Federico García Godoy por este texto. Es un escritor con el que, además de la nacionalidad, y el desarraigo que ésta nos ha acarreado, comparto este interés absurdo de la verdad en lo ficticio. Beatriz se lee con facilidad y, en mi caso, la terminé en dos o tres sentadas, sin que me parezca que por su reducida extensión se pierda complejidad ni sutileza. Es una novela que, a pesar del recurrente tema político de nuestra literatura, no se limita a la crítica de un gobierno por encima de los personajes.

Me ha parecido que la mejor manera de presentar a este escritor, y su creciente aporte, es en sus propias palabras, y le pedí una entrevista que comparto a continuación.

A mi manera de leerla, Beatriz retrata, a través de unos personajes de barrio, un tiempo de represión de parte de un gobierno anónimo y una fuerza policial abusiva en República Dominicana. Hay breves referencias históricas -- una mención del dictador Rafael Leonidas Trujillo y otra del caudillo Juan Bosch -- que por llegar como menciones del pasado parecen indicar que hablas de los años en que gobernó Joaquín Balaguer, aunque nunca lo dices directamente. ¿Ando tras la pista correcta? ¿Por qué estas referencias veladas?

Sí, Víctor, se trata de los 12 años del balaguerato. Si bien no lo menciono directamente, hay muchos elementos alusivos a esa época para que al lector dominicano no le quepa la menor duda: la cachucha roja de Fermín, la canción de Johnny Ventura, los caliés, los cascos negros, la represión policial, además de las breves referencias históricas que mencionas, sobre todo las de Trujillo y Bosch. Pero lo mismo podría haber sido cualquier otro barrio, cualquier otro país, cualquier otro gobierno represivo. O por lo menos eso fue lo que me propuse, lo que me propongo a la hora de escribir: examinar la naturaleza del ser humano, en este caso, el lado lobuno al cual alude Thomas Hobbes en Leviatán.

Cuando estuve en Houston, un señor colombiano me preguntó, antes de que yo empezara a leer, que cómo él iba a entender la novela si desconocía la historia de Santo Domingo, si ni siquiera sabía quién era Joaquín Balaguer. Le respondí leyendo algunos capítulos, porque no quise ni desatarme en una sarta de perogrulladas ni hacer un acto de pedantería; me limité simple y llanamente a leer y el texto se encargó de disipar la duda del señor, y él entendió cómo, claro que sí, él mismo, a posteriori, tomó la palabra y explicó algo que para mí ya era una obviedad: se dio cuenta de que daba lo mismo mencionar un nombre o una calle, porque en la novela lo realmente importante —y es exactamente, reitero, lo que me planteo antes de escribir— es explorar la esencia humana, sus pasiones, sus obsesiones, sus contradicciones. O sea, que no hago referencia directa al balaguerato por una cuestión estética, personal, algo que pilló y celebró Carlos X. Ardavín cuando leí en San Antonio. El narrador es un niño y quise contar la historia desde un foco narrativo que se limitara a reproducir lo que acontecía a su alrededor sin emitir juicios de orden moral. Aunque intenté, eso sí, que el niño evolucionara, que adquiriera un sutil nivel de conciencia. Acuérdate que él le dice a Haché que le enseñara a mecanografiar porque quería escribir un libro. 


En la dedicatoria de Beatriz indicas que tus padres y tu hermano fueron "el germen" de esta ficción. ¿Podrías revelar un poco más? ¿Cuál fue la situación que motivó esta narración?

La novela la concebí a partir de varias imágenes que traía clavadas en el recuerdo de mi niñez en Villa Juana. Si bien el texto no es autobiográfico, algunos de los personajes fueron inspirados en la gente que me rodeaba en ese tiempo. Mi hermano, por ejemplo, era dirigente de un partido de izquierda y comparte algunas características físicas y hasta sicológicas con Emilio, aunque también hay una diferencia abismal entre el uno y el otro. Mi padre tenía una carbonera en la calle 18 con Marcos Adón y yo a veces iba a llevarle la comida; veía a dos policías que lo visitaban y él les daba un peso, como si pagara una renta, qué sé yo. Esa imagen la retengo con nitidez: mi viejo metiendo la mano en el mandil para darle un peso a los policías. Mi madre, por otro lado, le encanta leer y siempre tuvo un carácter afectuoso y subversivo. Hay algo de ella en Dulce. Asimismo, Haché está inspirado en un vecino que se sentaba a escribir a máquina en el patio del caserío donde me crié y Chicho en otro vecino, compañero de colegio, que apenas salía de su casa. Cada vez que me asomaba a la ventana, veía la casa de Chicho siempre cerrada. Esa imagen me perturbó por mucho tiempo, no sé por qué. El resto es producto de la imaginación.


Has ganado el Premio de Novela Federico García Godoy aunque este es un libro que por su extensión podría considerarse cuento. ¿Cómo defines tú el género de novela? 

En las bases del Premio de Novela Federico García Godoy piden una extensión de un mínimo de 50 páginas a un máximo de 150. Es un concurso de novela corta. Ahora, de ahí a decir que Beatriz por su extensión (80 páginas) podría considerarse cuento (o novela o nouvelle o noveleta o relato), no lo sé. Yo la pensé y la presenté al concurso como novela; la premiaron y la publicaron como tal. No estoy rechazando ni acogiendo tu juicio. Es una opinión que respeto. Pero no soy quién para definir un género literario. Unamuno dijo que la novela y el cuento son dos géneros distintos, que su diferencia no es tan solo cuestión de cantidad y extensión; claro, éstas son obviedades, pero las explicaciones posteriores, las suyas y las de otros críticos que casi nunca se ponen de acuerdo, principalmente cuando hablan de intensidad, de síntesis, de digresiones y licencias narrativas, no las puedo aprehender, o acaso no me interesa aprehenderlas. El mundo cambia, los rostros, los nombres, los intereses, los géneros cambian: ya el flechazo de Quiroga no es tan certero como el de Guillermo Tell. Es muy difícil delimitar esos textos narrativos que discurren como si tal cosa las fronteras de los géneros, para ello hay que matizar y teorizar y uno termina muchas veces con la no muy grata sensación de que llueve sobre mojado. Yo leí Aura y El viejo y el mar como novelas. Leí El horla y La caída de la casa Usher como cuentos. Hace poco leí dos excelentes novelas cortas: Glaxo, del argentino Hernán Ronsino, y Camanchaca, del chileno Diego Zúñiga. Estos textos, además de su brevedad, tienen una estructura fragmentaria. Alguien podría decir que no son novelas, pero creo que Vargas Llosa dijo que El dinosaurio de Monterroso no era un minicuento, sino una novela. ¿Qué te digo? 


Le has llamado Beatriz, aunque para mí el personaje principal es el narrador que en primera persona nos cuenta, desde su niñez, como él ve y a veces no entiende las maquinaciones de los adultos a su alrededor. Ella es la líder de un movimiento militante en el barrio, pero se mantiene lejana y misteriosa. ¿Por qué titulas el libro con ella?

Hace poco un lector que considero finísimo me dijo: Me gustó mucho tu novela, se merece el premio, pero aun no comprendo el título. Le respondí con un “yo tampoco”. Pero a ti no te puedo salir con ésa. Lo de Beatriz realmente es un título-trampa, un ardid para que el lector se lo cuestione e intente buscar un porqué, y en esa búsqueda, con algo de suerte, tropiece con algunos símbolos que lo lleven a armar una lectura determinada. Y tiene mucho que ver con ese mantenerse lejana y misteriosa, con su rol de líder. Hay un subtexto en la novela, los silencios son tan importantes como lo que el narrador ve, lo que escucha, lo que dice.


Tú y yo vivimos en Nueva York. ¿Por qué te enfocas en personajes y temas del país que ya no habitas?

Tal vez “ya” no lo habite, pero ese país colocado en un inverosímil archipiélago de azúcar y de alcohol, como diría Pedro Mir, sí me habita. Es algo parecido a la frase de Nathalie Sarraute que uso como epígrafe en mi otra novela: vivimos un presente enormemente aumentado. Lo que queremos catalogar como pasado, desecharlo, realmente nos habita, a veces latente, pero nos habita; son experiencias que forman parte de nuestro presente, de nuestro ser, sin importar dónde residas. Yo trato de “escribirme”, por ello en mi primera novela, que está ambientada en Nueva York, se recurre a la retrospección para viajar a Santo Domingo, lugar donde nací y viví hasta los 14 años. Lo mismo sucede en Los muertos no sueñan, ambientada en el sur del Bronx, pero salpicada de un Villa Juana difuso que habita la memoria de Héctor, el personaje principal. No creo que esto sea un fenómeno ni algo privativo de Rubén Sánchez Féliz. Lo hacen muchísimos escritores. Hay algunos que incluso han ido más lejos, como Kafka, que se enfocó en Nueva York en su América, a pesar de que “nunca” lo habitó.


Algo más simple: ¿Por qué escribes?

Hay algo en el proceso de escritura que me mantiene en movimiento, cosa que me resulta interesante, porque escribir es un ejercicio sedentario, ¿no?, un oxímoron. A esto se le suma mi manía de contar historias, de alterar las cosas para decirlas a mi manera (jabladorazo al fin), de crear personajes y ambientes, de hurgar en mi memoria para sacar experiencias que siempre trastoco, ya sea de manera consciente o inconsciente. Escribo, también, para qué negarlo, porque me gusta que me lean.

Sobre el autor

Víctor Manuel Ramos es un periodista y escritor bilingüe radicado en Nueva York. Se ha desempeñado como redactor para varios medios de publicación diaria en Estados Unidos. Es autor de cuento y novela y ha publicado los libros Morirsoñando: Cuentos agridulces y La vida pasajera.

10 comentarios:

  1. Tu comentario sobre la novela Beatriz y la entrevista alumbran una obra, a un novelista y un modo de narrar que se sugieren altamente interesantes. Si la novela es tan sugerente como la reseña que presentas, sin duda, que será un texto sumamente maduro y bien ideado. Da la impresión de ser un texto presidido por la elipsis narrativa en que el lector tiene que poner mucho de sí para construir la novela. Además tiene elementos simbólicos como esa Beatriz de raíz que sin probablemente apunta a Dante en alguna manera.

    La entrevista es clara e ilumina algunos aspectos del texto como su contexto histórico aunque no es imprescindible para leerla y comprenderla (el balaguerato) y el sentido o no del título de la novela.

    No sé si estará en Amazon, pero me la has hecho deseable.

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    1. Hola Joselu. Pensé en la Beatriz de Dante también, porque es un nombre que viene con esa carga literaria, y que por eso puede prejuiciar. Mira cuan atrevido soy, yo le hubiera puesto este otro nombre, más lírico y a mi parecer acorde a esta narración: "La noche de las luciérnagas". A ver que dice Rubén cuando se entere, pero las luciérnagas reaparecen como un símbolo de la muerte y del rastro que esta deja. En cuanto al libro, he puesto enlaces que puedes seguir a través del nombre para el sitio donde está en venta. No creo que existe en versión digital. Finalmente, me cuido de recomendar o no recomendar libros porque es un asunto tan personal el libro, y tan especializado el tema de la crítica literaria auténtica, y por eso prefiero simplemente contar mi experiencia con la lectura y dejar que cada cual llegue a sus conclusiones. Aparte, me parece que en las entrevistas los escritores a veces sueltan lo que no se atrevieron a decir explícitamente en un texto.

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  2. muy bien, el talento criollo es indudable y polifacetico

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    1. Vi tu comentario, Virgilio, pero parece que se borró. Inténtalo de nuevo.

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  4. Me apetece leerla, si la encuentro. Gracias y un abrazo Lola

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    1. Hola Lola. Un poco atrasado en contestar y en actualizar el sitio, pero siempre me pasa. Ya regresaré a estos asuntos. Puse un enlace en la nota al sitio del autor.

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  5. me ha gustado mucho esta nota. no he tenido el placer aun de leer algo de feliz pero ya abrieron mi apetito, gracias

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    1. Gracias tocayo. Esa es la idea: dar a conocer escritores que representan nuevas voces.

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