La mística de los escritores

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sábado, marzo 05, 2005
Un escritor es alguien que sabe escribir y lo hace. Nada más. Pero en los medios literarios se trata a los autores consagrados como si fueran grandes guías de la humanidad, y semidioses de algún Olimpo desgraciado. Algunos genios habrá; otros escasamente serán estilistas, aunque están los que necesitarán ayuda siquiátrica.

De los escritores, sin embargo, se vende una imagen, que la mayoría de las veces bordea en lo misticoide.

Aparecen fotografiados en poses de profundo pensamiento, retorcidos casi como el hombre tieso de la escultura de Rodín, que una vez describiera Gabriela Mistral en su poesía:


Con el mentón caído sobre la mano ruda
el Pensador se acuerda que es carne de la huesa
carne fatal, delante del destino desnuda,
carne que odia la muerte, y tembló de belleza.


Y en las entrevistas se les rinde pleitesía, y se les formulan preguntas grasosas, que a veces tienen muy poco que ver con los libros que escribieron: ¿cuál es para usted el significado de la vida? Así ganan los escritores un púlpito de roca, desde el que bien pueden exhibir sus egos de pedantes, lucir su erudición, o en raras ocasiones compartir los asuntos vitales que les mueven a la escritura. La mayoría lo que hace es pavonearse, presas de toda la alcahuetería que se forma alrededor de ellos.

Mucha de la gente que devora libros se cree esa mística rara y trafica en historias oscuras sobre esos seres angustiados que enaltecen en sus mentes. Recuerdo alguna ocasión en que alguien me recomendaba a una escritora con ese tipo de motivaciones (que ahora exagero en mi memoria): Es una persona muy sufrida que desciende de una familia muy atormentada. Es huérfana de padre y madre, porque su padre murió en un accidente automovilístico y su mamá se suicidó. Cayó en el alcoholismo y las drogas, y ella misma trató de cortarse las venas varias veces.

A mi se me retorcía cada vez más la cara con cada capa de tormento, porque me preguntaba por qué querría leer a alguien que arrastrara semejantes martirios y confusión existencial. Además, se me dijo todo de su vida afanada y nada de la calidad y el contenido de su arte.

Lo que pasa es que los escritores, cuentistas y novelistas, adeptos en el suspenso y la hipérbole, aprendieron a ficcionalizarse ellos mismos y a hacerse interesantes. Se convirtieron en personajes de sus propias ficciones -- y el mundo de las relaciones públicas explota esas tragicomedias para vender más que libros, una imagen. La imagen que predomina es la del escritor atormentado, y tal vez algo cínico, que lleva la mayoría de las veces una vida bohemia -- es decir, que fuma, toma, tal vez usa drogas; si es hombre tiene muchas mujeres y frecuenta putas; si es mujer, es liberal y tal vez ultrafeminista, o, mejor aún, bisexual. Tal parece que no hay nada común ni corriente entre los que alcanzan el éxito literario. Todos tienen algún toque de desgracia, locura o grandeza.

Esta es una mística falsa, saturada por cierta idiotez a través de los siglos. No hay que destruirse para expresarse. No hay que “ensolver” --como decía mi abuelo-- el humo de la nicotina ni dejar que substancias alcaloides le carcoman a uno el cerebro. No hay que cortarse las venas y dejarlas sangrar lo suficiente como para aparentar suicidio. Nada de eso es arte, sino bellaquería. Nada de eso es vivir, sino prostituirse. Nada de eso es grandeza, sino pequeñez.

Y coincido con otros al decir que vivir en sí es un arte y, en el fondo, la más sincera expresión de lo que es ser humanos. Por eso soy tal que cuando veo un escritor en una de esas poses de ensimismamiento, con una copa o un cigarrillo humeante en la mano, se me van las ganas de leerle.

Sobre el autor

Víctor Manuel Ramos es un periodista y escritor bilingüe radicado en Nueva York. Se ha desempeñado como redactor para varios medios de publicación diaria en Estados Unidos. Es autor de cuento y novela y ha publicado los libros Morirsoñando: Cuentos agridulces y La vida pasajera.

1 comentario:

  1. En uno de nuestros e-mails hablamos algo relacionado a este tema. Eso de rendirle pleitesía a los dioses...

    Bueno aunque hay que admitir que muchas veces los eventos trágicos pueden tocarnos bastante fuerte y transformar la forma en la que escribimos. Dostoevsky no hubiese sido el mismo si no se hubiese salvado del fusilamiento, si su hija sophie no se hubiese muerto tan pronto, si a su padre no lo hubiesen matado, si la epilepsia y las ansias de apostar no lo hubiesen azotado.

    Estoy de acuerdo contigo cuando dices que no necesariamente hay que vivir una vida oscura para llegar a escribir bien, todo es posible. Lo trágico vende más que lo feliz, es más llamativo, y eso a muchos lectores comunes y corriente les fascina.

    Gracioso eso que dices de las poses de los escritores, eso es algo así como los raperos con sus cadenas y blings. Hay ciertas cosas que hacen que ciertas personas pertenezcan a un grupo. Otro ejemplo más es el de los peloteros mascando chicle, o tabaco, desde niño uno va emulando esos ciertos personajes hasta que despues, si se da la oportunidad terminamos caricaturizando a ese ser que queriamos emular, convirtiéndonos en una misma persona en un ciclo que seguira repitiendose.

    Saludos

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