Dostoyevsky y la redención

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domingo, agosto 16, 2015
Retrato de Dostoyesky por Vasily Perov
Salí varias veces a caminar por las calles de San Petersburgo en una noche calurosa de julio, siguiendo los pasos de un hombre joven con un objetivo siniestro. Se proponía matar a la prestamista de empeños para robarle y liberarse de sus miserias. Su nombre Rodion Romanovich Raskolnikov, un personaje de la imaginación del novelista ruso Fyodor Dostoyevsky en la consagrada novela "El crimen y el castigo".

Hace más de una década que leí por primera vez la traducción al inglés de Constance Garnett, una inglesa que se especializó en la ficción rusa de Dostoyevsky, Leo Tolstoy y Anton Chekhov. Fui a este libro porque, por lo menos en los círculos de lectores que conocía entonces, Dostoyevsky parecía estar de moda y quise conocer su prosa y adentrarme en el libro que reinició su trayecto literario después de una época de censura y prisión.

Pero después del coqueteo de los primeros capítulos encontré a Dostoyevsky igual de pesado que a Tolstoy, aunque ahora comprendo que en ambos casos yo estaba leyendo a Garnett y ese inglés tal vez victoriano de sus años más prolíficos. Abandoné la lectura varias veces, hasta que llegó otro día más reciente en que la oscuridad del San Petersburgo ficticio de la segunda mitad del siglo diecinueve logró sostener mi atención. Aquella era una vida de perros para la burguesía (tan despreciada por la historia) retratada en el imaginario de Dostoyevski bajo la Rusia de los tsares: gente en constante lucha por mantener su estatus, sobre todo mujeres que huyen del desprestigio y buscan emparejarse con el mejor postor, hombres para quienes importan mucho los títulos y las sumas de dinero, pobreza e ignominia para quienes resbalaban en la escala social, condiciones para una revolución.

Raskolnikov, aquel joven ya convertido en desertor escolar, era un sujeto de la clase media en descenso y, por tanto, un tipo desesperado por sostener su posición social y económica, o de una vez superarla. Era también, como muchos jóvenes de la época, una persona de tendencia nihilista y hasta cínica, ya lejos de cualquier creencia o tradición como norma de vida. En la falta de valor que él adscribía a la vida estaba la clave de su crimen.

Raskolnikov pensaba que la ley no debería aplicar para las personas excepcionales, porque la ley es para las masas. Aunque en ningún momento se refería a Niccolò Machiavelli y aquella idea política de que todo se vale en pos del poder, él está muy claro en que la historia está del lado de sus ideas cuando dice (esta es mi traducción de la traducción):

"Yo simplemente indicaba que un hombre extraordinario tiene el derecho... no quiero decir un derecho oficial sino un derecho interno de decidir en su propia conciencia sobreponerse a... ciertos obstáculos."

Y explica eso agregando:

"Yo sostengo que si los descubrimientos de Kepler y Newton no pudieron darse a conocer excepto sacrificando la vida de uno, una docena, un centenar, o más hombres, Newton hubiera tenido el derecho, de hecho hubiera sido su obligación... eliminar la docena o el centenar de hombres con el fin de dar a conocer su descubrimiento a toda la humanidad".

Y sigue diciendo que "la mayoría, de hecho, de estos benefactores y líderes de la humanidad fueron culpables de terribles masacres".

Pero, como suele suceder con sujetos más o menos comunes, Raskolnikov se siente culpable de matar a una sola persona para lograr sus fines y esa culpa lo delata. Su conducta se torna errática y llama la atención de allegados que se preocupan de su bienestar y de las autoridades que lo miran con ojos sospechosos. Ya sea porque confía demasiado en su propia inteligencia, o porque no sabe cómo más disimular su culpa, Raskolnikov entra en debate con el policía que lo investiga y si tiene oportunidad de andar libre por las calles es porque en esos tiempos no había pruebas de ADN, ni cámaras que grabaran los hechos, ni teléfonos que rastrearan los pasos de una persona. Pero el policía pone a Raskolnikov en jaque tras las deducciones que expone en varios argumentos y le dice que sabe que fue él quien cometió el crimen y que mejor que se entregue.

Quien realmente convence a Raskolnikov es una mujer. Sonia, la hija de un borracho, una prostituta noble, sacrificada por otros, toda una María Magdalena de virtud, lo atrae y él siente deseos de confesarse con ella. Esta prostituta buena es cristiana e inmediatamente lo perdona. Ella además le propone el camino a la redención, entregarse, someterse al castigo. ¿Qué idea más cristiana puede haber que el sacrificio para expiar los pecados?

Esto es lo que sucede al final. Raskolnikov se entrega y Sonia lo sigue hasta las inmediaciones de la prisión de Siberia, donde se dedica a visitarlo a través de los años y esperar aquel momento en que él demuestra que la quiere y deja atrás aquellas ideas nihilistas que lo entregaron sin moralidad en las manos del crimen. Se sobreentiende también, aunque no haya sermones ni momentos de gran devoción en la novela, que Raskolnikov regresa a los principios de la fe.

La novela no es un simple panfleto. Hay otros personajes y líneas de trama en las que no me detengo, aunque vale mencionar que otro sujeto de tendencias nihilistas termina suicidándose y esto acentúa el fondo ideológico del escrito. Es claro que a Dostoyevsky le inquietaba que los rusos de aquella época estaban abandonando los principios cristianos (no matar, amar al prójimo, no desear la mujer ajena), y la tradición conservadora que sirve de base a cierto orden social, para entregarse a nuevas filosofías, unas todavía a medio cocinar, sin saber cuáles serían las últimas consecuencias.

Este es un mensaje antirrevolucionario que goza de menos popularidad que Dostoyevsky entre fanáticos de la literatura, porque no es tan obvio lo que el autor se propone y el drama de la ficción eleva el asunto más allá de las ideas del autor. No queda clara ninguna solución en la vida de los personajes porque estos mismos se resistirían a un final idílico en el mundo hostil donde el narrador los sitúa. Dostoyevsky, dejándose llevar por el genio de la escritura y probablemente contra sus propias convicciones, resistió la tentación de proponer un cristianismo redentor a final de cuentas.

"El crimen y el castigo" es más bien una advertencia contra el nihilismo y el cinismo, contra la impetuosidad de la juventud y los radicalismos de nuevas ideas, que por exponer viejas falsedades despedazan también todo el firmamento ideológico sin dejar mucho en su lugar.

Sobre el autor

Víctor Manuel Ramos es un periodista y escritor bilingüe radicado en Nueva York. Se ha desempeñado como redactor para varios medios de publicación diaria en Estados Unidos. Es autor de cuento y novela y ha publicado los libros Morirsoñando: Cuentos agridulces y La vida pasajera.

3 comentarios:

  1. Soy una chilena lectora de Dostoyevski de tosos sus libros y encuentro en ellos lecciones de moral, como en Shakespeare o en Cervantes. Dando un saludo desde Bosnia-Herzegovinia.

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    1. Gracias por pasar por aquí, desde tan lejos, aunque esto es cuestión de perspectiva. Estoy de acuerdo en que esta novela de Dostoyevski tiene un contenido moral, pero no lo veo necesariamente como una "lección" porque no llega a ese punto de decirnos qué debe suceder o cómo debería comportarse un personaje. Es decir, no hay moraleja, y esto va bien en una novela. Que se repita esa visita.

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  2. Te dejo esto por aqui: http://neorrabioso.blogspot.com/2016/02/troya-literaria-908-nabokov-sobre.html

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