2 de septiembre de 2018

Rilke sobre los rieles

Sentarse en el tren con demasiados pensamientos en la cabeza y ceder, palabra por palabra, a las imágenes tan simples que parecen ciertas de una poesía. Allá a lo lejos espera la muerte al final de un túnel. O eso dicen.

El que escribe propone dedicar su vida al deseo y a protestar el dolor, y el que lee se da cuenta que de ninguna otra cosa trata todo lo que se ha escrito hasta entonces. Ni lo que se escribirá. Está enganchado.

Este no entiende esta musicalidad, traducida del alemán de Rainer Maria Rilke, porque parece una serie de notas que existen aparte y que se suceden como una simple enumeración de cosas, sin que una expresión tenga que ver con la otra. El conjunto tiene una coherencia que se recibe a pesar de la traducción y sus vueltas.

Estos son poemas viejos, antiguos, prehistóricos.


Preceden la existencia del lector, y, más allá, la del poeta.

Estoy leyendo en inglés, una traducción de Herter Norton, pero luego encuentro esta versión en español, muy diferente a la re-traducción literal que a mí se me ocurría.

Otra vez huele el bosque,
se ciernen las alondras, elevándose
con el cielo, que estaba pesado en nuestros hombros;
cierto es que se veía por las ramas el día
qué vacío que estaba;
pero tras de lluviosas tardes largas
vienen las horas nuevas,
soleadas de oro,
huyendo de las cuales, en fachadas lejanas,
todas las desgarradas
ventanas temerosas agitan sus batientes.

El tren ha llegado a la estación de la avenida Jamaica en Queens, y se sube y baja mucha gente: Unos que van de viaje, camino al aeropuerto; otros que vienen de distantes orillas. Nueva York palpita con el andar de un casi-mediodía y sus transeuntes recorremos espacios físicos y mentales a la vez.

Mi compañero de viaje, este Rilke, es un tipo taciturno que me esperaba hacía mucho en el librero. Por lo menos así lo entiendo, y yo con él estoy dispuesto a ver --y a pesar de todo disfrutar-- la continuidad de la naturaleza por sobre nosotros, mientras todos los sueños se bajan de estación en estación, y como dice él en otros versos: a través del dolor/ más allá de la vida madurar,/ ¡más allá del tiempo!

A veces me parece que grandes lianas se enredan en los rieles y tan pronto el tren detiene su andar se meten por las compuertas y las ventanas y nos abrazan, hasta que mi propia sangre se vuelve clorofila. Para cuando llego a Penn Station, en el centro de Manhattan, estoy inmerso en estos bosques que el poeta evocaba.

Luego se hace la calma. Hasta la lluvia
cae más queda en el brillo de la piedra, que en paz
se ensombrece. Los ruidos enteros se agazapan
en los fúlgidos brotes de las yemas.


Bosque encantado, Cuenca_DSC5927

Imagen "Bosque encantado", cortesía de Carlos Escribano, reproducida bajo licencia de Creative Commons. Imagen original en: https://flic.kr/p/nPSy9G

2 comentarios:

Argénida Romero dijo...

Rilke... una lectura pendiente. Bonita manera de decir lo que sientes leyendo ese poema o los poemas de Rilke.

Víctor Manuel dijo...

Sí, Argénida, yo andaba con esta traducción de su obra desde hace muchos años. Me dejo guiar por mis intereses (y necesidades) del momento en la lectura, y así la disfruto más.

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