Visitando a Walt Whitman en el silencio de los siglos

domingo, octubre 09, 2011
Estatua de Walt Whitman - Foto: V.M. Ramos

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.


Así se presentó Walt Whitman al mundo cuando a la edad de treintiséis años empezó a escribir el poema épico "Leaves of Grass" ("Hojas de hierba"), casi a mitad del Siglo Diecinueve.

Digo que se presentó al mundo porque sus palabras, trabajadas cuidadosamente a través de las décadas que vivió, eran para toda la humanidad e incluso para la humanidad futura, sabiendo él entonces que sus versos rompían con el pensamiento de su tiempo.

Otros expertos podrán decir más de él, pero Whitman abandonó la rima convencional de los versos de sus días. Whitman mezcló los géneros, porque su poesía es a la vez narración, canto, crítica y exaltación; es cuento y novela; tiene trama, carece de medidas pero no de ritmo. Whitman resquebrajó también el puritanismo de su época y no distinguió entre el deseo hacia un hombre o hacia una mujer. Dijo lo que tenía que decir, aunque en principios su libro no lo publicara nadie más que él y aunque muy pocos fuera de los intelectuales de su época se interesaran en esa poesía rara e iconoclasta.

Cómo evitar detenerme un día y volver al pasado desde el que Whitman existió si casi todos los días paso apresurado por la carretera que da con la casa donde Whitman nació y dio sus primeros pasos en West Hills, Nueva York.

Fui al pequeño museo en que se preserva como patrimonio cultural su casa de nacimiento y, como es de esperarse con este tipo de celebridad literaria, encontré el establecimiento vacío. Mi vehículo era el único estacionado en el área de visitantes en un sábado de sol esplendoroso.

Al cruzar una horrorosa ruta de por lo menos seis carriles detrás de la casita, el "Centro Comercial Walt Whitman" estaba abarrotado de vehículos y compradores que iban a Bloomingdale's, al Apple Store, al Barnes and Noble. ¿Qué habría pensado Whitman de ese lugar ruidoso que lleva su nombre?

Todas las verdades esperan en las cosas,
No precipitan su propia entrega ni la detienen.

Pero detrás de esta cerca que separa la casa de los Whitman de la civilización, andaba yo en otro plano: viendo el pozo donde la familia sacaba de beber, caminando por la sala que ahora parece estrecha y diminuta, entrando hasta el mismo aposento donde la mamá de Whitman se acostó en una cama de paja y lo empujó al mundo un treintiuno de mayo de mil ochocientos diecinueve -- el segundo de de nueve partos a través de los años. Subí las escaleras y recorrí los recovecos de la casa, miré por las ventanas donde el pequeño poeta descubrió la luz azulosa de estos lares y terminé en la cocina, rústica y llena del olor de los siglos.

Whitman solamente vivió en este lugar hasta los cuatro años de edad, así que no había aquí ni asomo de su escritura, aunque sí un pedazo de propiedad donde dos siglos parecen haber transcurrido en vano, como si el espíritu de esa poesía, escrita para otro tiempo, hubiese invadido las paredes y pisos de madera, las chimeneas manchadas del humo viejo, para decirnos: yo fui un ser común y corriente, como tú.

Me he convertido en cualquier presencia o verdad de humanidad en este lugar.


The Poet Walt Whitman
Foto: Tamar Cedeño-Ramos

Sobre el autor

Víctor Manuel Ramos es un periodista y escritor bilingüe radicado en Nueva York. Se ha desempeñado como redactor para varios medios de publicación diaria en Estados Unidos. Es autor de cuento y novela y ha publicado los libros Morirsoñando: Cuentos agridulces y La vida pasajera.