Procesador de palabras.

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lunes, octubre 27, 2008
A veces uno espera por meses o años para atravesar esas lagunas del pensamiento donde todas las letras se sumergen en un pantano que huele a estiércol.

No es que uno no tenga nada qué decir sino que tal vez uno no se permite decirlo. Las prioridades pueden ser otras: pagar las deudas, mudarse, criar niños, trabajar, resolver lo del carro, poner una cerca, arreglar por fin el maldito rechinar de la puerta de la ducha. En fin, vivir tan en paz como sea posible. Vaya idealismo: pequeña burguesía.

Pero uno está al acecho del momento.

Cuando llega uno lo sabe. Lo sabe porque lo sabe. Y tira uno las sábanas a un lado, y abandona el estupor y la comodidad de la cama, y se va como un borracho en la oscuridad, tropezando con los muebles que parecen haber cambiado de lugar, y llega apenas a la cámara oscura y enciende alguna lucecilla y, sin dudas, la computadora -- y desespera uno ante el sonido de comienzo de Windows --¡cállate y prende!--, y la página de entrada, y la maldita palabra clave que se olvida a deshoras, y el antivirus que insiste en hacer una inspección completa de los contenidos del disco duro.

Y, al fin, abre la página virtual --ese fantasma de la página en blanco de antaño-- y empieza uno a desnudarse con las palabras y a gritar las cosas que hace tiempo no podía decir, y llega uno prendido a las oraciones del último párrafo, y decide de una vez que esto no está nada mal. Nada mal. Tiene vida propia. Y cualquier arte, ante todo, debe cobrar vida propia. Y graba uno el documento y se va, felizmente, a roncar.

Se ha abierto la vena de un manantial, y se repite el proceso una, dos noches: empieza uno a desbordarse por unos senderos que van hacia algún lugar, aunque no se sepa exactamente cuál -- y eso es parte de la excitación, ese no-saber en el propio interior.

Otra sesión fructuosa llega a su fin. Está uno alegre, genuinamente alegre, y, cuando va a poner el punto final, justo en ese momento, la virtualidad deja de existir. Todo cesa. Esos puntitos de colores de la pantalla no responden. Se ha perdido todo, todo, todo, y el escritor devastado se lleva las manos a la cabeza y sabe que, otra vez, la tecnología ha masacrado a la inspiración.

Sobre el autor

Víctor Manuel Ramos es un periodista y escritor bilingüe radicado en Nueva York. Se ha desempeñado como redactor para varios medios de publicación diaria en Estados Unidos. Es autor de cuento y novela y ha publicado los libros Morirsoñando: Cuentos agridulces y La vida pasajera.

7 comentarios:

  1. Jaja, lo mismo le pasa a uno a cada rato con blogger.com, que de vez en cuando le da la chiripiorca y todo lo que has querido decir se desvanece. Increíble como se le va el ánimo a uno. Ese sentimiento creo que sólo se compara con el de estar viendo un buen programa de televisión y que se te vaya la luz.

    Saludos brother.

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  2. Algo más fuerte aún debe de ser, bakanit, lo de perder las palabras que surgieron de las tinieblas, y que vuelven a ellas como si nunca hubiesen existido. Sólo que aún debe quedar un pequeño resplandor de soles en el horizonte para proceder al rescate . Puede alumbrar paraísos perdidos y nunca imaginados, Víctor.

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  3. Cuando me pasa eso y pierdo un texto inspirado, vuelvo a comenzar de nuevo (grabándolo cada treinta segundos si hace falta)y generalmente suele salir mejor en el segundo intento. Eliminas, añades, planteas de otro modo... Sale misteriosamente el mismo texto aunque diferente. Nunca se escribe igual en distintos momentos.

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  4. Backup!
    Tengo una novela por la mitad y tengo copias en dos computadoras, tres discos externos, un cd y un memory stick.

    Aparte, siempre es un placer leerle.
    Saludos.

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  5. Gracias por sus comentarios. Hubo alguien, incluso, que me llamó para explicarme qué podría estar sucediendo con mi computadora. Lo agradezco mucho. Parece que podré recuperar la mayor parte del texto que escribía cuando me sucedió esto... Pero creo que es tiempo de obtener una computadora hecha en este siglo.

    Ya me ha pasado varias veces. Una vez tenía algunas 180 páginas escritas en una Mac cuando se quemó el disco duro. Desde entonces abandoné la Mac. Hace un par de años cambié a Linux por un incidente parecido. Si sigo por este camino voy a terminar como Argénida, escribiendo en libretas.

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  6. Uffff, Víctor Manuel.

    A mí me ha pasado mucho eso. Lo peor es que no escarmiento. Yo no escribo a mano como Argénida en sus libretas, ni soy tan precavida como el Respetable Señor Oggi para tener backup. Tengo todo en mi laptop y el día que se vaya al más allá se llevará consigo todo lo que tengo ahí.

    Sin embargo, tu entrada me ha hecho reaccionar y haré backup todo lo importante.

    Lamento que te sucediera eso y al mismo tiempo me alegra que hayas recuperado una gran parte.

    Abrazos.

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