El deseo: espada de doble filo.

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jueves, mayo 18, 2006
Dijo el Buda que la causa del sufrimiento es el deseo. El deseo es esa atracción hacia lo que no se tiene y, en algunos casos, no se debe tener. El deseo es el motor de las obsesiones. El deseo es nuestro día a día.

El deseo, ese manojo de antojos, tiene su polaridad negativa. No solamente se desea algo, sino que también se desea que no suceda algo. Es decir, se teme. El miedo podría considerarse, entonces, otro polo del deseo.

Hay veces en que deseo y miedo se unen en una experiencia, y nos estancamos. Queremos pero tememos. Ni una cosa ni la otra. ¿Qué diría el Buda de ese sufrimiento?

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La casi muerte de Soraya.

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jueves, mayo 11, 2006
Hará unos cinco años que oí a Soraya cantar por vez primera. Eran esos días en que Napster liberaba a la música de las casas disqueras para que viajara, sin costo, por las vías cibernéticas.

En mi casa, entre algunos amigos, que estábamos frustrados con las limitaciones de la radio comercial, aquella apertura digital nos trajo sonidos nuevos -- que queríamos, pero desconocíamos.

Descubrimos a Lhasa de Sela con su floricanto; a Pedro Guerra y sus raíces; a Ismael Serrano y la canción a sí mismo; a las Hijas del Sol y sus sonrisas unísonas; a Rosana y sus lunas rotas; a Tonxu y sus viajes mentales; a Claudia Gómez y su mundo nuevo; a Alejandro Filio y su deseo de creer en algo; a Lila Downs con su grito ancestral. Descubrimos música de nuestro tiempo, que sin embargo no añadía a la cacofonía de porquerías que se le vende al público.

Descubrimos en esos días a Soraya, con una voz melodiosa y una lucha existencial demasiado desgarradora. Soraya --supimos-- luchaba contra el cáncer de seno a la vez que grababa su voz melodiosa en español y en inglés.

Al principio, me gustó y no me gustó. Me molestaba que una mujer en una lucha como esa se empecinara en cantar versos posítivos. Me parecía una forma de engaño. Quería que ella cantara algo más acorde a su realidad: una rabieta quizás; tal vez una maldición contra todo el destino y la injusticia; o sea, una expresión del cinismo que traen las desilusiones.

Pero cambié de parecer.

En un cuento que escribí, que llamé «Víctor Crisóstomo, desaparecido (o el porqué de un nombre)», incluí, casi de manera inexplicable para mi, unos versos derivados de «Casi», la mejor canción de Soraya:

Anoche me dormí abrazando las nubes,
con almohadas de sueños en una cama de ilusiones.


Soraya entraba de frente a la cuestión de su cáncer con esa canción. Se preguntaba “por qué yo, por qué hoy, por qué esto” y confesaba que perdía las fuerzas para luchar.

Lo que Soraya compartió en las vueltas de su voz arrulladora fue que, aún en esas circunstancias penosas, hay razones para vivir. Uno no vive solamente por uno mismo. Uno también vive por algo o por alguien.

Tengo la canción de Soraya en sus versiones acústica y de balada, y cuando lleguen esos momentos en que este casi a punto de rendirme, espero recordarme de ella, cantarla tal vez:

Casi se me acaba la fe;
Casi se me escapa el amor;
Casi se me quiebra la inocencia;
Se me agota toda la fuerza para luchar un día más.
Casi me rendí -- hasta que pensé en ti


Soraya expiró esta semana, a los treintisiete años de edad, pero antes compartió con nosotros algo de eso que ella llamó fe. También podría decirse que lo que sucedió fue que se durmió abrazando las nubes, con almohadas de sueños en una cama de ilusiones.

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Un lugar para ser humanos.

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martes, mayo 02, 2006
La poetisa Emma Lazarus imaginó un refugio para el mundo: un lugar en el que no importara el origen del ser humano.

Ese lugar no sería el imperio que se basaría en las conquistas militaristas de antaño, sino en una compasión que trascendería los intereses de la comodidad y el poder.

Eso lo plasmó ella en un poema, dedicado a la Estatua de la Libertad, aunque parece que es la estatua la que se dedica a esos versos. La estatua existe. El símbolo está allí, en el puerto de Nueva York. Yo mismo he visto sus dedos de cemento verde. Caminé por sus adentros hasta los predios de la antorcha.

Recuerdo algo de la emoción con que José Martí, aquel otro gran poeta del mundo, relataba los hechos del veintiocho de octubre de mil ochocientos ochentiséis, cuando se inauguró la estatua. Leí ese ensayo periodístico una noche que, por causalidad y no casualidad, el avión en que regresaba a casa sobrevolaba la señora estatua. En él, Martí decía que aquellos que tienen la dicha de la libertad no la conocen y que todos tienen que dejar de hablar tanto de ella para conquistarla, porque es un bien que se pierde.

Allí, más cerca de los dedos grandes de la estatua, leí otra tarde aquellos versos de Emma Lazarus, que aquí comparto, porque no tienen bandera ni tiempo.


El nuevo coloso.
Emma Lazarus.

No como el broncíneo gigante de helénica fama,
con sus conquistadores miembros de tierra
a tierra encajados;
aquí en nuestro crepúsculo del mar bañado,
puentes se afirmarán.
Poderosa mujer con antorcha,
cuya flama es a los prisioneros luz,
y Madre de los Exilios es su nombre.
En su mano el faro refulge a todo
el mundo la bienvenida,
de sus suaves ojos bajo el mando.
Y en el aire tendido el puerto, puente que
mellizales ciudades fragua.
‘Guarden sus antiguas tierras, sus historiadas
pompas’, ella grita.
‘Dénme a mí sus cansados, a sus pobres,
a sus masas apretadas, que anhelan respirar libres,
los miserables rechazados de sus prolíficas costas.
Envíen a esos, a los desahuciados, arrójenlos a mí,
¡que yo elevo mi faro junto a la dorada puerta!’


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