Del campo, los suburbios y la ciudad.

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lunes, marzo 13, 2006
Hoy estoy en Nueva York. Escribo desde la sala del apartamento de mi madre, desde donde se ve el Empire State Building y los muchos horizontes que crean los edificios -- y no es que regrese a vivir para acá ni que me arrepienta de irme hace más de un año (al contrario), pero yo veo belleza también en el conglomerado humano. Hay un dinamismo y una insistencia de vida que contrasta con la fealdad de la arquitectura pragmática y economizadora.

Lo que quiero decir es que sí, es cierto, no se compara el horizonte rasgado por las siluetas de los edificios con el de los árboles de pino y palmeras que veo por donde resido ahora, pero la belleza es algo más que un cuadro bucólico.

La belleza está en nosotros. Igual que la fealdad.

Es más: La vida puede cambiar y cambiarnos de manera radical sin mudarnos de lugar. El cambio de lugar, si fuere necesario, es algo sucesivo, resultante, y no el catalizador de la transformación.

De darse el asunto a la inversa, de buscar nosotros la transformación por medios externos, regresaremos inevitablemente al punto de partida. Otro escenario, otras gentes, los mismos retos.

Un abrazo neoyorquino a todos.

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Los lugares que fuimos.

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miércoles, marzo 08, 2006
A veces me parece
que vivo en Brooklyn
y que el tren jota pasará muy cerca de la ventana.

O que me apresuro
por la calle empedrada
de mi viejo barrio
santiaguero,
camino al colegio,
porque se me hace tarde para la clase de dibujo.

O que el estacionamiento subterráneo
guarda un espacio para mi vehículo,
que llega chorreando
los caños de la última lluvia.

Todavía veo aquellos pasajeros
que iban y venían
todas las mañanas
por el parque de los chachases,
o los niños que comían huevos salcochados
en la frontera con Haití.
Viajo por la carretera oscura entre Albany y Nueva York.

Los lugares que nos afectan
viven en nosotros,
aunque nosotros
no estemos en ellos.

Y no tengo más
que estacionarme
unos minutos
frente al último edificio en que vivimos,
a preguntarme
si todavía hay una plaga de cucarachas
en el segundo piso,
o si el amistoso vecino
deja revistas viejas
frente a mi puerta –
si no es que murió.

Nosotros,
los migrantes,
andamos esparcidos por el mundo.

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La novela y el escritor.

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domingo, marzo 05, 2006
Gabriel García Márquez repetía una vez el enunciado de que escribir un cuento es vaciar en concreto y escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir ficción es, desde ese punto de vista, trabajo de construcción.

Es una metáfora interesante, especialmente para aquellos de nosotros que nos hemos visto embarrados de cemento entre las ruinas de alguna novela en construcción. La novela no es nada fácil. Aún cuando existe el talento para hilar oraciones y parir imágenes (ya de por sí un reto), nadie escribe un tratado de cientos de páginas en un rapto de inspiración-- como sucede con una poesía, o a veces con un cuento.

El novelista es arquitecto, ingeniero, albañil y jardinero de su proyecto. Tiene que dominar lo conceptual y lo práctico para que cuando se entregue en alas de la inspiración se dé una narrativa coherente, de principio a fin. Esto lo digo después de numerosos intentos fallidos: Escribir una novela que se diga novela es algo serio.

En esa misma complejidad late el potencial del género, y su atracción.

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