El cristianismo no es lo que parece

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jueves, abril 06, 2006
Los noticieros del mundo amplificaron hoy el anuncio de la traducción del Evangelio de Judas, un documento antiguo que estuvo en manos de coleccionistas. La causa de alarma es que este escrito apócrifo —que no debería significar “falso” sino “secreto”— presenta una versión distinta del drama cristiano: una en la que Judas no es traidor, sino tal vez el discípulo más comprometido — porque desempeña un papel crucial y acordado para que se cumpla lo que se tiene que cumplir en la inmolación del Mesías.

Esto no es nada nuevo. Hace décadas que existe una nutrida colección de evangelios apócrifos que se descubrieron en Nag Hammadi y presentaron al movimiento cristiano primitivo a través de los evangelios secretos de Tomás, Juan, e incluso María Magdalena. Se sabía que el de Judas existía. Ese era el gnosticismo de la era formativa del cristianismo, un misticismo de diversas visiones que en última instancia enfatizaba el derecho del ser humano a experimentar la verdad divina en sí mismo.

En el campo del ensayo existe un libro mayormente desconocido, del escritor dominicano Juan Bosch, que me pareció brillante en su tiempo. Se titula «Judas Iscariote, el calumniado», donde Bosch presenta una trama alternativa del discípulo que las iglesias aprendieron a odiar. Allí decía Bosch que “el amor une, pero no fanatiza; lo que fanatiza es el odio”. Asunto para reflexionar.

¿Y qué tal la interpretación literaria (y visionaria) que ofrecía el novelista Nikos Kazantzakis en su obra «La última tentación de Cristo», que se convirtió en una película condenada por los quemalibros?

En ella, Jesús instruía a Judas, diciéndole (es mi traducción del inglés):

“No grites, Judas. Este es el camino. Para que el mundo se salve, yo, de mi propia voluntad, debo morir. En un principio yo mismo no lo entendía. Dios me ha enviado señales en vano: a veces visiones en el aire; a veces sueños mientras duermo; o el cadáver del chivo en el desierto con todos los pecados de la gente alrededor de su cuello. Y desde el día que salí de la casa de mi madre, una sombra me ha seguido como a un perro o a veces ha corrido frente a mi para mostrarme el camino. ¿Cuál camino? ¡La cruz!”


Este tipo de sugerencia ya se encontraba también en esos escritos secretos del cristianismo que quedaron excluidos del canon que aceptan —ciegamente, diría yo— las iglesias.

Ahora los estudiosos de estos asuntos confirman, en base a manuscritos antiguos, una versión parecida —y digo “una versión” no un relato cierto, porque todas las escrituras no son más que eso: versiones— a las de escritores como Bosch y Kazantzakis.

En fin: el cristianismo original se parecía poco al de ahora, porque admitía diversidad espiritual y no le quitaba al ser humano la dignidad de encontrar la salvación sin necesidad de intermediarios. Al contrario, la religión era para vivirla en carne propia.

Como decía Jesús en El Libro Secreto de Santo Tomás, otro de los evangelios suprimidos, al explicarle a sus discípulos el Reino de los Cielos:

“Qué vergüenza de ustedes que necesitan de un defensor. Qué vergüenza de ustedes que esperan necesitados de la gracia. Benditos sean aquellos que hablan y que adquieren la gracia por sí mismos”.


Pero los cristianos son los primeros que no conocen su historia — y, si la conocieran, yo sostengo que muchos no serían cristianos. A mi me ha inquietado hace décadas el hecho de que el cristianismo que tanto nos influye es una supresión del cristianismo original. Es una reducción y una dogmatización de la espiritualidad.

Ojalá y todo este revuelo sobre el otro Judas ilumine un poco a quienes se atreven a asegurar que la Biblia manufacturada de nuestros días, y los cultos que resultan de ella, son asunto infalible. Pero lo dudo. El fanatismo es demasiado fuerte.




Esta nota es parte de «El deseo de pertenecer», una serie ocasional sobre la fe, la religión y el culto que se manifiestan como el deseo de pertenecer a algo mayor que nosotros mismos.

Sobre el autor

Víctor Manuel Ramos es un periodista y escritor bilingüe radicado en Nueva York. Se ha desempeñado como redactor para varios medios de publicación diaria en Estados Unidos. Es autor de cuento y novela y ha publicado los libros Morirsoñando: Cuentos agridulces y La vida pasajera.

1 comentario:

  1. Me has clavado una espina con este escrito.

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